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La verdadera batalla de la inteligencia artificial está en las personas.

hace 8 horas
4 min de lectura

La carrera por la IAGetty Images


  • La carrera tecnológica por la IA exige formar personas capaces de entender, utilizar y decidir sobre estas herramientas estratégicas.

  • El padrino de la IA cree que los gobiernos tienen "un año, pero no mucho más" antes de que la tecnología se "descontrole".


Nos gustan las carreras porque ordenan el mundo. Alguien va primero, alguien queda atrás y al final hay un ganador. Con la inteligencia artificial estamos haciendo lo mismo: hemos convertido el avance tecnológico en un marcador entre Estados Unidos y China. Ya no compiten por llegar a la Luna, sino por controlar los modelos, los chips y la infraestructura que influirán en la economía, la defensa y buena parte de nuestra vida cotidiana.


Los números refuerzan ese relato. Estados Unidos invirtió en 2025 más de 285.000 millones de dólares en IA. China invirtió 12.400 millones, 23 veces menos. Aun así, la brecha de capacidad entre ambos países se redujo más de 30 puntos entre 2023 y 2026, según los benchmarks de LMArena. La imagen es bastante clara. Uno corre con muchos más recursos; el otro está aprendiendo a correr muy de prisa..


Washington ha lanzado la iniciativa Pax Silica para asegurar las cadenas de suministro de chips e IA. Este mismo mes también ha advertido a decenas de países de que tendrán que elegir entre el modelo estadounidense y el chino. La Unión Europea acaba de sumarse a esa alianza. El mundo tecnológico se fragmenta y la pregunta aparece casi sola.

¿Estamos entrando en una nueva Guerra Fría?

En el terreno físico, Estados Unidos parte con ventaja. Tiene más infraestructura, más centros de datos y un ecosistema de producción de chips mayor que el de China. En el software, sin embargo, las fronteras son mucho menos obedientes. Un modelo puede desarrollarse en un país y utilizarse al día siguiente en otro. Los investigadores colaboran a escala internacional, las empresas dependen de cadenas globales y los riesgos de los sistemas avanzados no se detienen en una aduana.


Esto cambia la pregunta. Saber quién encabeza la carrera importa, pero importa más decidir qué reglas y qué capacidades necesitaremos si todos corren para ganar a cualquier precio. Porque una competición sin dirección puede producir modelos más potentes y, al mismo tiempo, sociedades menos preparadas para utilizarlos.


En los últimos días, el debate sobre la seguridad de la IA se ha mezclado con la rivalidad entre Estados Unidos y China. Desde Pekín, algunas propuestas para ralentizar determinados sistemas se interpretan como una forma de contener su avance. En Estados Unidos, otros temen que demasiadas restricciones entreguen ventaja al competidor.


El dilema es real. La seguridad importa y la competitividad también. Necesitamos avanzar deprisa y hacerlo con responsabilidad. Separar ambas cosas solo nos conduce a malas decisiones.


La tecnología suele llegar antes que las reglas. Ha ocurrido muchas veces. Con la IA, el desfase no puede crecer demasiado, porque las decisiones que tomemos ahora afectarán a cómo trabajamos, aprendemos y nos informamos durante años. Esto exige normas capaces de acompañar la innovación.


También exige algo menos espectacular, pero igual de importante. Personas capaces de entender la herramienta que tienen delante.

Tener acceso a una herramienta de IA no significa saber utilizarla. Que una empresa compre una licencia tampoco transforma de forma automática su productividad.


El cambio llega cuando sus profesionales saben formular buenas preguntas, revisar una respuesta, detectar un error y reconocer cuándo la decisión debe seguir en manos humanas. La verdadera ventaja competitiva no será disponer de IA, sino saber qué hacer con ella.

Para Europa, esta idea es decisiva. Su objetivo no puede limitarse a escoger entre Estados Unidos y China. Se necesita construir capacidad tecnológica propia y, a la vez, capacidad humana. Eso implica invertir en innovación, talento, educación y formación.


Si las empresas usan sistemas que no comprenden, si los trabajadores no aprenden a incorporarlos a sus tareas y si delegan decisiones relevantes en herramientas que nadie sabe evaluar, aparecerá otra dependencia, la del criterio de otros.


La regulación puede fijar límites y repartir responsabilidades. El AI Act europeo intenta hacerlo con un marco basado en el nivel de riesgo de cada sistema. Pero una ley no puede sustituir el criterio de quien utiliza la tecnología. Cada profesional debería poder responder a preguntas muy sencillas. ¿para qué necesito esta herramienta?, ¿qué información voy a introducir?, ¿puedo confiar en el resultado?, ¿qué parte de la decisión debe seguir siendo humana? Saber responder también es competitividad.


La dimensión internacional tampoco admite atajos. La seguridad de los sistemas avanzados, la desinformación, la privacidad, la ciberseguridad y el uso militar de la IA afectan a todos. Ningún país puede resolverlos por su cuenta. Ya hemos visto propuestas de expertos estadounidenses y chinos para acordar salvaguardas en el uso militar de la IA, con líneas rojas y mecanismos de comunicación directa. La competencia y la cooperación pueden convivir; de hecho, en los asuntos más delicados tendrán que hacerlo.


Por eso, me preocupa menos que llamemos Guerra Fría a esta etapa que el riesgo de adoptar su lógica. La competencia puede acelerar la innovación, atraer inversión y mejorar los productos; pero necesita una dirección. La tecnología debe ampliar nuestras posibilidades sin reducir nuestra capacidad de decidir.


La inteligencia artificial puede mejorar la productividad, acelerar la investigación, facilitar el acceso al conocimiento y abrir oportunidades que todavía no imaginamos. Ese potencial no se convertirá en progreso por sí solo.


Dentro de cinco años, la cuestión relevante no será únicamente quién tiene el modelo más potente, sino qué tipo de sociedad hemos construido alrededor de esos modelos.

Ahí está la verdadera batalla de la IA. No en una guerra entre máquinas, sino en nuestra capacidad para conseguir que la innovación, la seguridad, la educación y el criterio avancen juntos. Ganaremos si la IA amplía lo que podemos hacer y conserva nuestra libertad para decidir. Y, sobre todo, si cada vez más personas pueden utilizarla, entenderla y cuestionarla.


Fuente: Business Insider, Pau García-Milà - Cofundador y Co CEO de Founders.




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